El individualismo radical parte de una ficción: la idea de un individuo completo, autónomo y autosuficiente que primero existe y después decide asociarse con otros. Ese individuo nunca existió. El ser humano aparece desde el principio dentro de relaciones de dependencia, cooperación, cuidado, conflicto y aprendizaje compartido. La sociedad no fue una decisión posterior tomada por individuos ya formados; fue una de las condiciones evolutivas que hicieron posible al propio individuo humano.
Si llevamos el problema a una comunidad primitiva de recolectores, eliminando carreteras, electricidad, hospitales, instituciones, propiedad registrada y todo el conocimiento acumulado, la contradicción se hace visible. Imaginemos al individuo fuerte que considera suficiente su capacidad personal, abandona al grupo y decide vivir solo. Puede recolectar más que otros, ser físicamente superior y sobrevivir durante un tiempo. Pero queda expuesto a los depredadores, al invierno, la enfermedad, las heridas, la ausencia de cuidado y la dificultad reproductiva. Su éxito inmediato puede ser individualmente notable, pero evolutivamente es un fracaso.
La selección natural no favoreció al individuo aislado: favoreció a quienes cooperaban, protegían a sus crías, intercambiaban, aprendían unos de otros, sancionaban al aprovechado y se defendían colectivamente. Si hoy existimos es precisamente porque durante cientos de miles de años no fuimos individuos autosuficientes. Mucho antes del Estado ya existían coerción, obligación y moral. La fuerza, la amenaza, el castigo, la expulsión y la defensa del grupo son anteriores a cualquier gobierno. La moral surge después como una forma de organizar y limitar esa coerción, distinguiendo lo permitido, lo obligatorio y lo intolerable. No elimina la coerción: la regula. Algunas disposiciones morales tienen además una raíz evolutiva clara: cuidar a los niños, auxiliar a los nuestros, responder a la reciprocidad, castigar la traición, cooperar. Más tarde, una parte de esa moral se convierte en costumbre y finalmente en norma jurídica. El Estado llega mucho después y formaliza instituciones que no inventó desde cero.
Por eso el acuerdo no puede ser completamente voluntario, porque la necesidad de acordar no lo es. Podemos escoger con quién cooperar, bajo qué términos y en qué intercambio. Lo que no podemos hacer indefinidamente es no acordar nada con nadie. Eso equivaldría, en términos evolutivos, a abandonar la manada: no interactuar, no recibir ayuda, no ofrecerla, no participar de redes de seguridad, conocimiento o cuidado. Para ser absolutamente coherente con esa autonomía, el individuo tendría que consumir solo lo que produce, curarse por sí mismo, protegerse solo, prescindir del conocimiento ajeno y existir prácticamente sin ser visible para los demás. Eso no describe libertad humana; describe aislamiento biológico. La libertad existe dentro de la interdependencia, no fuera de ella.
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