Compatriotas —aunque el término ya me parece una peligrosa concesión al colectivismo—, así que diré con orgullo:
¡COINDIVIDUOS!
Ha llegado la hora de liberarnos de la superstición más perniciosa de la humanidad: creer que necesitamos a los demás.
¿La nación? Una abstracción. ¿El pueblo? Colectivismo. ¿La solidaridad? Colectivismo sentimental. ¿La cooperación humana? Peligro: dos individuos cooperando podrían descubrir intereses comunes
Nosotros defendemos al INDIVIDUO.
Hablamos del individuo químicamente puro: independiente de padres, hijos, vecinos, historia y, si fuera posible, hasta de la especie humana.
Por eso nos oponemos a la Constitución de 1940.
¿Cómo se atreve a decir que la soberanía reside en el pueblo?
¡En el pueblo!
¿Y yo qué?
Si somos diez millones de individuos soberanos, Cuba necesita diez millones de soberanías.
Mi casa, mi soberanía.
Mi automóvil, mi soberanía.
Mi acera, mi soberanía.
La Constitución de 1940 comete un pecado imperdonable: habla de bienestar individual y colectivo y de solidaridad humana.
¿Solidaridad humana?
Hoy ayuda usted al vecino a levantar un techo y mañana termina construyendo una civilización. Hay que detener eso antes de que alguien descubra la cooperación.
Defendemos todas las libertades. Porque si una ley limita una libertad, deja de ser libertad.
¿Quiere conducir a 150 millas por hora frente a una escuela? Libertad de locomoción.
¿Otro quiere sus propias normas de tránsito? Soberanía individual.
Uno irá por la derecha, otro por la izquierda y un tercero transversalmente. Ningún burócrata puede imponer una geometría colectivista.
¿Y quién decidió que debemos compartir un Código Penal?
Que cada individuo redacte el suyo.
Yo redactaré uno donde robarme sea delito. El ladrón, otro donde robarme sea legítimo. Después acudiremos a un árbitro, siempre que nadie esté obligado a aceptar su sentencia.
Algún estatista preguntará:
“¿Y qué hacemos con el pedófilo?”
¡Ah, siempre el colectivista buscando excepciones!
Primero el asesino. Después el violador. Después el estafador. Después el pedófilo.
Y cuando usted quiere darse cuenta, ya existe un Código Penal.
No, señores.
El individuo es soberano.
Incluso el esquizofrénico tiene derecho a tantas soberanías como personalidades le reconozca el mercado.
Si dentro de una persona existen cuatro individuos con cuatro constituciones distintas, eso no es enfermedad: es federalismo avanzado.
La humanidad se equivocó al cooperar: familia, tribu, aldea, ciudad, hospitales, universidades… siglos perfeccionando el mismo error.
Hasta que llegamos nosotros para explicar que habría vivido mejor solo, defendiendo su parcela con una escopeta.
Solo queda una pregunta:
¿Quién fabricó la escopeta?
¿Quién construirá el pozo, la carretera y las normas? El mercado. ¿Y si los mercados entran en conflicto? Otro mercado.
El orden espontáneo nunca falla. Y si falla, será porque alguien lo reguló.
Por eso rechazo la Constitución de 1940.
Porque supone que millones pueden constituir un pueblo, darse normas comunes y obligar incluso al que decidió que ya no le gustan.
¡Tiranía!
Yo no firmé la Constitución de 1940.
Tampoco el Código Civil.
Ni el Código Penal.
Dicen que nací dentro de una sociedad que ya tenía normas.
Problema de la sociedad.
Yo tampoco firmé mi certificado de nacimiento. Por tanto, jurídicamente todavía estoy evaluando si acepto haber nacido.
Compañeros…
Perdón.
INDIVIDUOS circunstancialmente situados en proximidad física:
Recuerden:
Si dos hombres acuerdan algo, es un contrato.
Si cien lo acuerdan, empieza a ser sospechoso.
Si diez millones lo acuerdan y lo llaman Constitución, es colectivismo.
¡Abajo la soberanía popular!
¡Viva la soberanía individual!
¡Una Constitución para cada cubano!
Y si finalmente descubrimos que para convivir necesitamos reglas comunes…
por favor, no se lo digan a nadie.
Podrían terminar inventando el Estado otra vez.


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