Ella siempre llegaba después. Después del hambre, cuando la mesa ya estaba puesta; después del miedo, cuando alguien más había tenido el valor de entrar primero; después de la sangre, cuando ya habían limpiado el suelo y comenzaban a repartir los nombres de los valientes. Era entonces cuando aparecía, no para continuar lo que otros habían empezado, sino para cambiar poco a poco la historia de cómo había ocurrido.Tenía esa familiaridad indecente de las personas que nunca construyen nada, pero saben exactamente cuándo acercarse a poner la mano sobre la piedra terminada. Preguntaba poco, escuchaba lo necesario y después introducía su nombre en el relato con la delicadeza de una aguja entrando en una vena. Primero decía que había estado cerca. Más adelante sugería que había influido. Al final, de alguna manera, todo había comenzado con ella. Cuando terminaba de contar la historia, las personas que realmente la habían vivido parecían personajes secundarios de algo que ella había hecho suyo.
Ese era su verdadero talento: no crear nada, sino llegar a tiempo para el reparto de la memoria.
Había comprendido algo bastante perverso: las personas protegen mucho mejor sus pertenencias que sus recuerdos. Cualquiera nota cuando le falta una joya, pero puede tardar años en darse cuenta de que alguien le ha robado una parte de su propia historia. Para cuando eso sucedía, ella ya la había contado tantas veces y delante de tanta gente que la verdad terminaba pareciendo una corrección tardía, casi una versión nacida de la envidia.
Mientras los demás vivían, ella guardaba información. Recordaba frases, gestos, confidencias y hasta las debilidades que alguien le había mostrado en un momento de confianza. Todo podía servirle más adelante. Quien le contaba una herida terminaba escuchándola, modificada y embellecida, en boca de ella. Quien compartía una idea veía cómo esa misma idea regresaba al mundo sin su nombre. Y quien la dejaba entrar en su vida acababa convertido en una nota al pie dentro de la biografía que ella llevaba años falsificando.
Lo más extraño era que no sentía gratitud hacia las personas de quienes tomaba todo aquello. Las despreciaba. El verdadero autor siempre representa un peligro para el impostor porque recuerda de dónde salieron las cosas. Por eso no le bastaba con apropiarse de una obra, de una historia o de una causa; también necesitaba reducir a quien realmente había estado allí. Tenía que desacreditarlo, volverlo ridículo o hacerlo parecer incapaz de haber creado aquello que ella ya presentaba como suyo.
Era una ladrona bastante particular: después de robarse la casa, convencía al dueño de que nunca había vivido allí.
Con los años dejó de distinguir entre haberse acercado a algo y haberlo hecho. Si había conocido a alguien, ya se consideraba parte de su obra. Si había estado cerca de un acontecimiento, terminaba hablando como si lo hubiese provocado. Si se había beneficiado del sacrificio de otros, encontraba la manera de recordarlo como un sacrificio propio. Su memoria se fue acomodando a sus necesidades hasta convertirse en una especie de empleada obediente: conservaba lo que le convenía y se deshacía de todo lo demás.
Si una fecha la contradecía, la fecha estaba mal. Si un testigo la desmentía, entonces el testigo tenía malas intenciones. Si aparecía un documento, lo rodeaba de tantas explicaciones y sospechas que el documento terminaba pareciendo culpable por contener la verdad.
Ella no falsificaba los hechos de golpe. Los cansaba. Los hacía atravesar tantas versiones que, cuando finalmente llegaban a los demás, ya nadie tenía energía para entenderlos. Entonces presentaba su mentira, mucho más sencilla, limpia y fácil de repetir. Y la mentira vencía porque había llegado mejor vestida.
Sin embargo, había algo que nunca conseguía apropiarse: el instante original. Podía quedarse con la cicatriz, pero no había sentido el cuchillo. Podía contar la historia del hambre, pero su cuerpo no recordaba el dolor del estómago vacío. Podía pronunciar el nombre de un muerto e incluso llorarlo de una manera convincente, pero no sabía qué lugar había quedado vacío cuando esa persona dejó de existir.Tenía las palabras, pero le faltaba el temblor.
Y eso se sentía. Por mucho que adornara sus historias, siempre había en ellas algo frío, una distancia difícil de explicar. Era como besar la frente de un cadáver perfectamente conservado: todo parecía estar en su sitio, pero faltaba precisamente aquello que le había dado vida.
Creo que ella también lo sabía. Por eso necesitaba añadir tanto. Donde bastaba la verdad, acumulaba detalles; donde existía una emoción real, levantaba un discurso; donde solo hacía falta un recuerdo, construía una epopeya completa. Decoraba cada vacío hasta volverlo solemne, como esas familias que llenan el ataúd de flores para que nadie piense demasiado en lo que hay debajo.
Su impostura no consistía simplemente en hacerse pasar por otra persona. Era algo mucho más profundo: se había alimentado de tantas vidas ajenas que ya no podía saber qué parte de ella no había pertenecido antes a alguien más. Tal vez alguna vez tuvo una voz propia, alguna idea todavía torpe, alguna manera personal de equivocarse. Pero debió parecerle demasiado poca cosa y la cambió por voces que sonaban mejor.
Desde entonces vivía como una casa llena de objetos hermosos que no pertenecían a quien aparecía como propietaria. Todo estaba perfectamente colocado. Cada pieza tenía valor. Lo único que faltaba era una historia que explicara honestamente cómo había llegado hasta allí.
Cuando se encontraba frente a una persona verdaderamente capaz de crear algo, de sostener una pérdida o de mantenerse firme sin recibir nada a cambio, sentía una incomodidad feroz. Ni siquiera creo que fuera envidia, porque la envidia al menos reconoce que el otro posee algo valioso. Lo suyo era más parecido a un deseo de sustitución. No quería tener lo que aquella persona tenía; quería que esa persona no hubiese existido.
Mientras existiera el verdadero creador, lo suyo sería una copia. Mientras hablara el verdadero herido, su relato sería una obscenidad. Mientras permaneciera de pie quien realmente había arriesgado algo, su valentía no pasaría de ser una pose cuidadosamente iluminada.
Por eso se mantenía cerca. Aprendía las palabras, estudiaba los gestos y esperaba. El impostor tiene la paciencia de los animales que no necesitan cazar porque saben que, tarde o temprano, algo terminará cayendo. Las personas se cansan, envejecen, se retiran y dejan de defender su lugar. Algunas incluso mueren. Ella, en cambio, permanecía intacta porque jamás había gastado sus fuerzas haciendo aquello por lo que después recibiría reconocimiento.
Sobrevivía perfectamente a los sacrificios ajenos y luego se encargaba de contar la historia.
La contaba tantas veces que su voz terminaba siendo la única que los demás recordaban.
Pero creo que su verdadero miedo no era que alguien la llamara mentirosa. Su miedo era que algún día cada cosa regresara a su verdadero origen. Que las ideas volvieran a las mentes que las habían creado, que cada dolor encontrara nuevamente el cuerpo que lo había sufrido y que los muertos retiraran sus nombres de su boca. Que las causas, las obras y los recuerdos que había ido acumulando la abandonaran uno por uno.
Entonces tendría que quedarse sola frente al inventario de lo que realmente le pertenecía.
Y no habría una gran tragedia. Ni siquiera habría una mentira extraordinaria. Solo quedaría una vida entera dedicada a llegar después, cuando ya todo había ocurrido, para cambiar discretamente la etiqueta.
Al final de aquel museo vacío estaría ella, todavía sosteniendo la placa con su nombre, pero sin una sola obra que colocar debajo.— Yailin Hernandez ✍🏻
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@BrugueraEstudio
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Fuentes:
https://x.com/ayayis__/status/2089494877243371526
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